viernes, 13 de septiembre de 2013

Despedida y créditos


Con esta entrada concluimos el Tocho al día: ha terminado su sosegado discurrir veraniego, y pronto reiniciaremos los blogs de cada curso, en el Instituto. Y puesto que deben abrirse otros grifos, ¿cómo cerrar éste, que confío haya sido placentero? En su Antología de cuentos e historias mínimas, Miguel Díez R. concluye la Introducción con las siguientes palabras:

El escritor venezolano José Antonio Marín oyó de boca de su pequeña hija Adriana la historia más corta de la que tenemos noticia seis palabras―, pero que encierra en sí nada menos que todos los cuentos del mundo: «Había una vez un colorín colorado».
  * * * 
Pero el blog no han sido sólo textos. Los autores de las ilustraciones que he utilizado han sido:

18/jun: Norman Rockwell; 30/jun: Adrian Tomine; 01/jul: René Magritte; 02/jul: Carl Larsson; 03/jul: Vilhelm Hammershoi; 04/jul: Falconer; 05/jul: André Juillard; 06/jul: Isabel Guerra; 07/jul: René Magritte; 08/jul: Adrian Tomine; 09/jul: Magnus Enckell; 10/jul: Max Beckmann; 11/jul: René Magritte; 12/jul: Yves Chaland y John Lennon; 13/jul: Lawrence Alma-Tadena y Sir John Tenniel; 14/jul: Imán Maleki; 15/jul: Albert Anker; 16/jul: Jean-Leon Gerôme; 17/jul: Pablo Gallo; 18/jul: Tomine y Saint-Exupéry; 19/jul: Mikhail Nesterov; 20/jul: Edward Hopper; 21/jul: Felix Nussbaum; 22/jul: Ferdinand Hodler; 23/jul: Lecomte du Nouy; 24/jul: Clarke; 25/jul: Benjamín Palencia; 26/jul: Norman Rockwell; 27/jul: N. C. Wyeth; 28/jul: Yves Chaland; 29/jul: Yves Chaland; 30/jul: Paul Cezanne; 31/jul: Joaquín Agrasot; 01/ago: Isabel Guerra; 02/ago: Ted Benoit; 03/ago: Benjamín Palencia; 04/ago: Pablo Gallo; 05/ago: Yves Chaland; 06/ago: Tardi; 07/ago: Hugo Simberg; 08/ago: Juillard; 09/ago: Imán Maleki; 10/ago: Ever Meulen; 11/ago: Joost Swarte y Anónimos; 12/ago: Wilhelm Leibl; 13/ago: Ever Meulen; 14/ago: Ever Meulen; 15/ago: Gustav Adolph Henning; 16/ago: Franz Eybl; 17/ago: Ted Benoit; 18/ago: Pablo Gallo; 19/ago: André Juillard; 20/ago: Edward Hopper; 21/ago: Yuu Kinutani; 22/ago: Antonio López; 23/ago: Ever Meulen; 24/ago: Yves Chaland; 25/ago: Tomine; 26/ago: Felix Nussbaum; 27/ago: Ilya Repin; 28/ago: Isabel Guerra; 29/ago: Auguste Renoir; 30/ago: Edward Hopper; 31/ago: Ferdinand Hodler; 01/sep: Yves Chaland; 02/sep: Ever Meulen; 03/sep: Edouard Manet; 04/sep: George de la Tour; 05/sep: Pablo Gallo; 06/sep: José Gutiérrez Solana; 07/sep: Yves Chaland; 08/sep: Rembrandt; 09/sep: Ted Benoit; 10/sep: Isabel Guerra; 11/sep: Ever Meulen; 12/sep: Joost Swarte; 13/sep: Gustav Adolph Hennig

jueves, 12 de septiembre de 2013

Breve Antología de la Literatura Universal


Faroni es el pseudónimo que utiliza el protagonista de una deliciosa novela de Luis Landero, Juegos de la edad tardía. En su homenaje, un grupo de microescritores de microrrelatos, aficionados, crearon el Círculo Cultural Faroni, al que se atribuye la autoría de éste enciclopédico y mínimo que transcribo.

Canta, oh diosa, no sólo la cólera de Aquiles sino cómo al principio creó Dios los cielos y la tierra y cómo luego, durante más de mil noches, alguien contó la historia abreviada del hombre, y así supimos que a mitad del andar de la vida, uno despertó una mañana convertido en un enorme insecto, otro probó una magdalena y recuperó de golpe el paraíso de la infancia, otro dudó ante la calavera, otro se proclamó melibeo, otro lloró las prendas mal halladas, otro quedó ciego tras las nupcias, otro soñó despierto y otro nació y murió en un lugar de cuyo nombre no me acuerdo. Y canta, diosa, con tu canto general, a la ballena blanca, a la noche oscura, al olmo seco, a la dulce Rita de los Andes, a las ilusiones perdidas y al verde viento y a las sirenas y a mí mismo.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El primero de todos los malos estudiantes


¿Te acuerdas del estudiante pelota sumerio? Lo conocimos durante el curso, cuando estudiamos Historia Antigua. Pues bien, aquí tienes otro texto mesopotámico, de hace más de cuatro mil años, que nos puede resultar curiosamente próximo. Lo he extraído de la obra de Samuel Noah Kramer, La historia empieza en Sumer.
[El padre empieza por interrogar a su hijo:]
¿Adónde has ido?
A ninguna parte.
Si es verdad que no has ido a ninguna parte, ¿por qué te quedas aquí como un golfo sin hacer nada? Anda, vete a la escuela, preséntate al «padre de la escuela», recita tu lección; abre tu mochila, graba tu tablilla y deja que tu «hermano mayor» caligrafíe tu tablilla nueva. Cuando hayas terminado tu tarea y se la hayas enseñado a tu vigilante, vuelve acá, sin rezagarte por la calle. ¿Has entendido bien lo que te he dicho?
Sí. Si quieres te lo repetiré.
Pues ya puedes repetírmelo.
Te lo voy a repetir.
Di
Ya te lo diré.
Pues dilo ya.
Tú me has dicho que fuera a la escuela, que recitase mi lección, que abriese la mochila y que grabase mi tablilla mientras mi «hermano mayor» me grababa otra. Que cuando hubiese terminado mi tarea volviese para acá después de haberme presentado al vigilante. He aquí lo que tú me has dicho.
Sé hombre, caramba. No pierdas el tiempo en el jardín público ni vagabundees por las calles. Cuando vayas por la calle no mires a tu alrededor. Sé sumiso y da muestras a tu profesor de que le temes. Si le das muestras de estar aterrorizado estará contento de ti. [Siguen unas 15 líneas destruidas.] ¿Crees que llegarás al éxito, tú que te arrastras por los jardines públicos? Piensa en las generaciones de antaño, frecuenta la escuela y sacarás un gran provecho. Piensa en las generaciones de antaño, hijo mío, infórmate de ellas. […] He interrogado a mis parientes y amigos, he comparado los individuos, pero no he hallado a ninguno que sea como tú. Lo que voy a decirte transforma al loco en sabio, paraliza la serpiente a modo de hechizo y te evitará que des fe a las palabras falsas.
»Puesto que mi corazón ha quedado henchido de lasitud por culpa tuya, yo me he apartado de ti y no me he precavido contra tus temores y tus murmuraciones. A causa de tus clamores, sí, a causa de tus clamores, he montado en cólera contra ti, sí, he montado en cólera contra ti. Como tú no quieres poner a prueba tus cualidades de hombre, mi corazón ha sido transportado como por un viento furioso. Tus recriminaciones me han dejado acabado; tú me has conducido al umbral de la muerte. En mi vida no te he ordenado que llevaras cañas al juncal. En toda tu vida no has tocado siquiera las brazadas de juncos que los adolescentes y los niños transportan. Jamás te he dicho: «Sigue mis caravanas.» Nunca te he hecho trabajar ni arar mi campo. Nunca te he constreñido a realizar trabajos manuales. Jamás te he dicho: «Ve a trabajar para mantenerme.» Otros muchachos como tú mantienen a sus padres con su trabajo. Si tú hablases a tus camaradas y les hicieses caso, les imitarías. Ellos rinden 10 gur de cebada cada uno; hasta los pequeños proporcionan 10 gur cada uno a su padre. Multiplican la cebada para su padre, le abastecen de cebada, de aceite y de lana. No obstante, tú sólo eres un hombre cuando quieres llevar la contra, pero comparado con ellos no tienes nada de hombre. Evidentemente, tú no trabajas como ellos...; ellos son hijos de padres que hacen trabajar a sus hijos, pero yo... no te hice trabajar como ellos.
»Obstinado contra quien estoy encolerizado... ¿qué hombre hay que pueda estar encolerizado contra su propio hijo?... He hablado con mis parientes y amigos y he descubierto algo que hasta ahora no había notado. Que las palabras que voy a pronunciar despierten tu temor y tu vigilancia. De tu condiscípulo, de tu compañero de trabajo... tú no haces el menor caso; ¿por qué no lo tomas como ejemplo? Toma ejemplo de tu hermano mayor. De todos los oficios humanos que existen en la tierra y cuyos nombres ha nombrado Enlil, no hay ninguna profesión más difícil que el arte del escriba. Ya que si no existiese la canción (la poesía)..., parecida a la orilla del mar, a la orilla de los lejanos canales, corazón de la canción lejana... tú no prestarías oídos a mis consejos y yo no te repetiría la sabiduría de mi padre. Conforme a las prescripciones de Enlil el hijo debe suceder a su padre en su oficio. Y yo, noche y día, me estoy torturando a causa de ti. Noche y día tú derrochas el tiempo en placeres. Tú has amontonado grandes riquezas, te has extendido lejos, te has vuelto gordo, grande, ancho, poderoso y orgulloso. Pero los tuyos esperan a que la adversidad te coja por su cuenta y entonces se alegrarán porque tú te olvidas de cultivar las cualidades humanas...

martes, 10 de septiembre de 2013

De misterio


Hace un par de meses comenzamos este tocho veraniego con un poema amoroso del antiguo Egipto. He aquí otro poema, en este caso contemporáneo, de la misma temática. Es de Miguel D'Ors, en su Curso Superior de Ignorancia (1987).

¿Quién soy?
Este intervalo de misterio
entre la rosa ardiente que corto para ti
y la rosa sombría que mi mano te tiende.

lunes, 9 de septiembre de 2013

El expreso


Otro microrrelato de Pere Calders. Una compleja historia sintetizada en el mínimo necesario. No falta nada. Y todo lo demás debemos incorporarlo nosotros.

Nadie quería decirle a qué hora pasaría el tren. Le veían tan cargado de maletas que les daba pena explicarle que allí no había habido nunca ni vías ni estación.

domingo, 8 de septiembre de 2013

La pagoda de Babel



G.K. Chesterton, en El hombre que sabía demasiado.

Ese cuento del agujero en el suelo, que baja quién sabe hasta dónde, siempre me ha fascinado. Ahora es una leyenda musulmana; pero no me asombraría que fuera anterior a Mahoma. Trata del sultán Aladino; no el de la lámpara, por supuesto, pero también relacionado con genios o con gigantes. Dicen que ordenó a los gigantes que le erigieran una especie de pagoda, que subiera y subiera hasta sobrepasar las estrellas. Algo como la Torre de Babel. Pero los arquitectos de la Torre de Babel eran gente doméstica y modesta, como ratones, comparada con Aladino. Sólo querían una torre que llegara al cielo. Aladino quería una torre que rebasara el cielo, y se elevara encima y siguiera elevándose para siempre. Y Dios la fulminó, y la hundió en la tierra abriendo interminablemente un agujero, hasta que hizo un pozo sin fondo, como era la torre sin techo. Y por esa invertida torre de oscuridad, el alma de! soberbio Sultán se desmorona para siempre.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Una víctima de ciento siete enfermedades graves

Jerome K. Jerome, Tres hombres en una barca

Es fantástico, pero jamás he podido leer el prospecto de un medicamento sin llegar a la conclusión de que sufro la enfermedad allí descrita bajo su forma más virulenta. El diagnóstico siempre corresponde a las sensaciones que en algún momento he experimentado.
En cierta ocasión fui a la biblioteca del British Museum para enterarme del tratamiento a seguir con respecto a cierta indisposición que me causaba ligeras molestias. Cogí el Diccionario de Medicina, enterándome de cuanto me interesaba, y luego, irreflexivamente, hojeé varias páginas y me puse a estudiar indolentemente las enfermedades en general.
No recuerdo cual fue la primera dolencia con que tropecé, sólo sé que era una terrible y devastadora epidemia, y antes de haber terminado con sus síntomas llegó a mi mente la terrible certeza de que los tenía todos. Durante unos minutos me quedé helado por el estupor, y llevado por la desesperación volví a hojear el Diccionario. Llegué hasta la fiebre tifoidea, leí sus características, descubriendo que estaba con fiebre tifoidea; la padecía desde hace meses. Me pregunté qué otra cosa más podía padecer y abrí el capítulo dedicado al baile de San Vito, y, tal como esperaba, también sufría de esas tremendas convulsiones. Entonces mi caso, que ya bordeaba los límites de lo patológico, comenzó a interesarme, y, decidido a llegar hasta el final, recorrí el volumen por orden alfabético. Lo primero que encontré fue la acidosis, enterándome de que estaba en los principios de la enfermedad, cuyo periodo de más agudo tendría lugar dentro de unos quince días; con enorme alivio supe que padecía la enfermedad de Bright en su forma más moderada y que, por lo tanto, aún me quedaban algunos años de vida. Tenía el cólera, con gravísimas complicaciones, y por lo que se refería a la difteria se podría decir que nací con ella.
Concienzudamente repasé las veintiséis letras del alfabeto, y la única enfermedad que, según el Diccionario, no padecía, era la “rodilla de fregona”. Debo confesar que en un primer momento esto me molestó, me hizo el efecto de una especie de menosprecio, ¿por qué motivo no sufría esa enfermedad? ¿a santo de qué esta odiosa salvedad? Sin embargo, al cabo de unos minutos, sentimientos menos egoístas brotaron de mi corazón, y reflexioné sobre mi caso: padecía absolutamente todas las enfermedades conocidas menos una. ¿Acaso esto podía tacharse de menosprecio? Sí, honradamente podía prescindir de la “rodilla de fregona”. La gota en su fase más aguda habíase apoderado de mis articulaciones, sin haberme enterado de ello y, por lo visto padecía de zoonosis desde mi más tierna infancia, y como no aparecían más enfermedades después de la zoonosis, me convencí de que ya no padecía de ninguna otra.
Entonces me sumí en ondas reflexiones. ¡Qué excelente adquisición iba a resultar para la Academia de Medicina! No sería necesario que los estudiantes acudieran a los hospitales. Teniéndome a mí, ¡un compendio de todos los males!, se ahorraban perder tiempo en visitas y conferencias; sólo haría falta que me estudiasen detenidamente, y luego podrían doctorarse con todos los honores.
Me pregunté cuánto tiempo me quedaba de vida, intenté examinarme y me tomé el pulso; en un primer momento no lo encontré; luego, bruscamente, se disparó, saqué el reloj para cronometrar sus pulsaciones y obtuve como resultado la bonita cifra de 147 por minuto. Después quise auscultarme el corazón; no pude oír el más mínimo latido, ¡no estaba en su sitio! (Claro está que, a pesar de todo, mi víscera cardíaca nunca debe haber salido de mi pecho; mas en aquellos instantes no podía asegurarlo, y su posible paradero me preocupó bastante). Me propiné una serie de palmadas en la parte delantera de mi “edificio”, desde lo que llamo cintura hasta la cabeza, dando la vuelta hacia cada costado y la espalda, pero no oí ni sentí nada. Quise mirarme el estado de mi lengua, la saqué cuanto pude, cerrando un ojo e intentando examinarla con el otro: sólo conseguí divisar la punta –¡y esto a riego de quedarme bizco!– cuyo extraño color me llevó al firme convencimiento de que tenía escarlatina.
Había entrado en la biblioteca lleno de vigor, contento, optimista, pero a la salida estaba convertido en una ruina ambulante, con un pie en la tumba. Sin perder tiempo me dirigí a casa de mi médico, un viejo amigo que cuando creo estar enfermo me toma el pulso, me hace sacar la lengua y se pone a hablar sobre el tiempo. Por mi mente cruzaban agridulces pensamientos –las perspectivas de un viaje al más allá no suelen ser muy alegres– que iban ensombreciendo mi espíritu; el único rayo luminoso en esa profunda oscuridad era pensar en el favor que iba a hacer a mi amigo. Lo que un médico necesita –me dije a mí mismo– es mucha práctica, y teniéndome a mí... ¡ni que atendiese a mil setecientos cincuenta pacientes con sólo una o dos enfermedades!
Al llegar a su casa apenas tenia alientos para subir las escaleras; oprimí el timbre con las escasa fuerzas que me quedaban, y, casi arrastrándome, pude llegar hasta su despacho.
Bien, muchacho –exclamó alegremente mi amigo–. ¿Qué es lo que te trae por aquí?
No pienso hacerte perder tiempo, chico –respondí con trémolos en la voz–, diciéndote lo que me ocurre... La vida es muy corta y podrías morir antes de que terminara de hablar... Sin embargo, voy a decirte lo que no me pasa: ¡no padezco de la “rodilla de fregona”!... No puedo decirte a qué se debe esta anomalía; no obstante es evidente que no sufro esa dolencia. En cambio... en cambio: ¡estoy atacado de todas las enfermedades! –Y le expliqué seguidamente como había llegado a tan lamentable descubrimiento.
Me hizo desvestir, me tomó el pulso golpeándome el pecho cuando menos lo esperaba –a esto le llamo una perfecta cobardía–, después restregó su cabezota contra mi espalda. En cuanto hubo terminado estas operaciones se sentó a escribir una receta, que me entregó doblada. La guardé en el bolsillo y me marché; no sentí curiosidad de abrirla; me limité a llevarla a la farmacia más próxima donde el farmacéutico la leyó, devolviéndomela inmediatamente.
¿No es usted farmacéutico? –pregunté molesto.
Si, lo soy –repuso gravemente–. Si tuviese una tienda de ultramarinos y una pensión familiar podría servirle; mas siendo sólo licenciado en farmacia, no veo la manera de atenderle.
Sus palabras me intrigaron sumamente, y desdoblé la receta. A mi amigo no se le había ocurrido más que esto:
Una libra de bistec con un jarro de cerveza cada seis horas.
Un paseo de diez millas cada mañana.
Acostarse a la once de la noche
Y no llenarse la cabeza con cosas que no se entienden”.
Me apresuré a seguir los consejos de mi médico con el feliz resultado –desde luego hablo por mí particularmente– de que salvé mi vida y aún estoy bueno y sano.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Una pequeña fábula


Es de Franz Kafka.

¡Ay! ―dijo el ratón―. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que le tenía miedo. Corría y corría y por cierto que me alegraba ver esos muros, a diestra y siniestra, en la distancia. Pero esas paredes se estrechan tan rápido que me encuentro en el último cuarto y ahí en el rincón está la trampa sobre la cual debo pasar.
Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo ―dijo el gato... y se lo comió.

jueves, 5 de septiembre de 2013

De fusilamientos


Julio Torri en 1915.

El fusilamiento es una institución que adolece de algunos inconvenientes en la actualidad.
Desde luego, se practica a las primeras horas de la mañana. “Hasta para morir precisa madrugar”, me decía lúgubremente en el patíbulo un condiscípulo mío que llegó a destacarse como uno de los asesinos más notables de nuestro tiempo.
El rocío de las yerbas moja lamentablemente nuestros zapatos, y el frescor del ambiente nos arromadiza. Los encantos de nuestra diáfana campiña desaparecen con las neblinas matinales.
La mala educación de los jefes de escolta arrebata a los fusilamientos muchos de sus mejores partidarios. Se han ido definitivamente de entre nosotros las buenas maneras que antaño volvían dulce y noble el vivir, poniendo en el comercio diario gracia y decoro. Rudas experiencias se delatan en la cortesía peculiar de los soldados. Aun los hombres de temple más firme se sienten empequeñecidos, humillados, por el trato de quienes difícilmente se contienen un instante en la áspera ocupación de mandar y castigar.
Los soldados rasos presentan a veces deplorable aspecto: los vestidos, viejos; crecidas las barbas; los zapatones cubiertos de polvo; y el mayor desaseo en las personas. Aunque sean breves instantes los que estáis ante ellos, no podéis sino sufrir atrozmente con su vista. Se explica que muchos reos sentenciados a la última pena soliciten que les venden los ojos.
Por otra parte, cuando se pide como postrera gracia un tabaco, lo suministrarán de pésima calidad piadosas damas que poseen un celo admirable y una ignorancia candorosa en materia de malos hábitos. Acontece otro tanto con el vasito de aguardiente, que previene el ceremonial. La palidez de muchos en el postrer trance no procede de otra cosa sino de la baja calidad del licor que les desgarra las entrañas.
El público a esta clase de diversiones es siempre numeroso; lo constituyen gente de humilde extracción, de tosca sensibilidad y de pésimo gusto en artes. Nada tan odioso como hallarse delante de tales mirones. En balde asumiréis una actitud sobria, un ademán noble y sin artificio. Nadie los estimará. Insensiblemente os veréis compelidos a las burdas frases de los embaucadores.
Y luego, la carencia de especialistas de fusilamientos en la prensa periódica. Quien escribe de teatros y deportes tratará acerca de fusilamientos e incendios. ¡Perniciosa confusión de conceptos! Un fusilamiento y un incendio no son ni un deporte ni un espectáculo teatral. De aquí proviene ese estilo ampuloso que aflige al connaisseur, esas expresiones de tan penosa lectura como “visiblemente conmovido”, “su rostro denotaba la contrición”, “el terrible castigo”, etcétera.
Si el Estado quiere evitar eficazmente las evasiones de los condenados a la última pena, que no redoble las guardias, ni eleve los muros de las prisiones. Que purifique solamente de pormenores enfadosos y de aparato ridículo un acto que a los ojos de algunos conserva todavía cierta importancia.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

El perro y su reflejo


Otra de nuestro viejo conocido el griego Esopo.

Vadeaba un perro un río llevando en su hocico un sabroso pedazo de carne. Vio su propio reflejo en el agua del río y creyó que aquel reflejo era en realidad otro perro que llevaba un trozo de carne mayor que el suyo.
Y deseando adueñarse del pedazo ajeno, soltó el suyo para arrebatar el trozo a su supuesto compadre.
Pero el resultado fue que se quedó sin el propio y sin el ajeno: éste porque no existía, sólo era un reflejo, y el otro, el verdadero, porque se lo llevó la corriente.
Nunca codicies el bien ajeno, pues puedes perder lo que ya has adquirido con tu esfuerzo.

martes, 3 de septiembre de 2013

Instrucciones para subir una escalera


Concluimos la selección didáctica de Cortázar.

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Cuento policial


Algunas historias de crímenes y detectives requieren de un arduo proceso de idas y venidas, interrogatorios de sospechosos, desentrañamiento de pistas falsas, explicaciones interminables... Marco Denevi solventa este caso con una simple fantasía... de la víctima.


Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó sin haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.

domingo, 1 de septiembre de 2013

La Biblioteca de Babel


Ya viene el curso. Para ir concluyendo esta primera temporada del blog, resulta obligado revisitar una vez más al gigantesco (pero de nuestra talla) Jorge Luis Borges.

By this art you may contemplate the variation of the 23 letters...
The Anatomy of Melancholy, part. 2, sect. II, mem. IV

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono, se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades fecales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ta qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.
Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable: mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: «La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible».
A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones, cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.
El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.
El segundo: «El número de símbolos ortográficos es veinticinco». Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos, no es del todo falaz.)
Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterable MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo—lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: «No hay, en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos». De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basílides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros.
Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumado mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre —¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!— lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme biblioteca se justifique.
Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras, que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula Trueno peinado, y otro El calambre de yeso y otro Axaxaxas mlö. Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres
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que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos —y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición «ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales», pero biblioteca es «pan» o «pirámide» o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?)
La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana —la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar —lo cual es absurdo—. Quienes lo imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.
1941, Mar del Plata

1 El manuscrito original no contiene guarismos o mayúsculas. La puntuación ha sido limitada a la coma y al punto. Esos dos signos, el espacio y las veintidós letras del alfabeto son los veinticinco símbolos suficientes que enumera el desconocido. (Nota del Editor.)
2 Antes, por cada tres hexágonos había un hombre. El suicidio y las enfermedades pulmonares han destruido esa proporción. Memoria de indecible melancolía: a veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin hallar un solo bibliotecario.
3 Lo repito: basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible. Por ejemplo: ningún libro es también una escalera, aunque sin duda hay libros que discuten y niegan y demuestran esa posibilidad y otros cuya estructura corresponde a la de una escalera.
4 Letizia Álvarez de Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nueve o en cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. (Cavalieri a principios del siglo XVII, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de un número infinito de planos.) El manejo de ese vademecum sedoso no sería cómodo: cada hoja aparente se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés.

sábado, 31 de agosto de 2013

El espejo del alma


Pere Calders (1912-1994) fue uno de los grandes escritores en lengua catalana. He aquí uno de sus luminosos microcuentos (que mañana compensaremos en uno y otro sentido).

No nos habíamos visto nunca, en ningún sitio, en ninguna ocasión, pero se parecía tanto a un vecino mío que me saludó cordialmente: él también se había confundido.

viernes, 30 de agosto de 2013

Nostalgias amazónicas


Se acaban las vacaciones y se acerca el curso... En estas circunstancias puede resultar oportuno este poema de Miguel D'Ors, que publicó en su libro La música extremada (1991)

Quién fuera un yanomani:
desnudo e inocente, viviría
fuera de calendarios y mentiras,
en paz con los vecinos y las lluvias,
los dioses y mi cuerpo. Mis únicas costumbres
serían los espesos follajes goteantes
traspasados por cantos de colores vivísimos
rápidos como flechas.
No envidiaría, no consumiría,
nadie me robaría. En una estera
tejida con cortezas
fecundaría a mi fiel india bajo
la mirada propicia de los astros.
Pero —nada es perfecto— ninguna de esas cosas
tendría para mí el menor atractivo.

jueves, 29 de agosto de 2013

El tío Cerote


Hoy toca cuento de carácter popular. Romualdo Nogués (1824-1899), natural de Borja, compaginó su profesión militar con la publicación de unas cuantas colecciones de cuentos. Este corresponde a Cuentos para gente menuda.

El tío Cerote era un zapatero remendón, que siempre andaba a la greña con su mujer, vieja, fea, negra y más seca que las llares del hogar. El marido observó que los sábados desaparecía de la cama antes de media noche, y al amanecer, sin saber cómo, la encontraba a su lado. Para averiguar la causa, se tendió en el banco de la cocina, y se hizo el dormido.
A la hora indicada, la mujer se acercó al marido de puntillas, lo creyó en profundo sueño, y se dio por todo el cuerpo con un ungüento, herencia de sus dignas antepasadas, muy duchas en la magia y demás artes diabólicas.
Enseguida bajaron por la chimenea multitud de viejas horribles, se untaron, y a la primera campanada de las doce salieron todas en tropel, caballeras en escobas, las que no cabían por donde entraron, por las grietas de la casa, gritando desaforadamente:
Por encima de rama y hoja, a los campos de Tolosa.
Picado el remendón de la curiosidad, se untó como ellas, y no habiendo entendido bien lo que voceaban tales vestiglos, dijo:
Por entre rama y hoja, a los campos de Tolosa.
Con la velocidad de bala de cañón subió por el de la chimenea, atravesó montes y valles, pasó por zarzas y espinos, y llegó al aquelarre o reunión de brujas, casi desollado.
Comenzaba la danza. Alrededor del demonio en figura de macho cabrío, y a compás de música infernal, bailaban brujas y brujos, cantando:
Lunes y martes y miércoles, tres. Jueves y viernes y sábado, seis.
El sacristán, que en el campanario se preparaba a tocar a misa de alba, oyó la maldita copla, hizo bocina con las manos, y añadió:
Y domingo, siete.
Coge la giba, y vete ―le replicó furioso a coro el aquelarre, al escuchar el nombre del día consagrado a Dios.
En el acto le nació al monaguillo una joroba que envidiaría un dromedario.
Después de tan brillante fiesta, los brujos y brujas fueron uno a uno besando al cabrón debajo de la cola. Cuando le tocó al zapatero, se la levantó, reconoció tan limpio sitio, y en el mismo, con la lezna, le dio un fuerte pinchazo. El diablo se volvió gravemente, y advirtió al remendón:
Tío Cerote, otra vez, aféitese el bigote.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Las ciudades escondidas


Hoy regresamos a los peculiares viajes de Marco Polo, inventados de forma incomparable por Ítalo Calvino, en Las ciudades invisibles.

No es feliz la vida en Raissa. Por las calles la gente camina torciéndose las manos, impreca a los niños que lloran, se apoya en los parapetos del río con las sienes entre los puños, por la mañana despierta de un mal sueño y empieza otro. En los talleres donde a cada rato alguien se machaca los dedos con el martillo o se pincha con la aguja, o en las columnas de números torcidas de los negociantes y los banqueros, o delante de las filas de vasos sobre el estaño de las tabernas, menos mal que las cabezas agachadas te ahorran miradas torvas. Dentro de las casas es peor, y no hay que entrar para saberlo: en verano las ventanas aturden con peleas y platos rotos.
Y sin embargo, en Raissa hay a cada momento un niño que desde una ventana ríe a un perro que ha saltado sobre un cobertizo para morder un pedazo de polenta que ha dejado caer un albañil que desde lo alto del andamio exclama: —¡Prenda mía, déjame probar!— a una joven posadera que levanta un plato de estofado bajo la pérgola, contenta de servirlo al paragüero que celebra un buen negocio, una sombrilla de encaje blanco comprada por una gran dama para pavonearse en las carreras, enamorada de un oficial que le ha sonreído al saltar el último seto, feliz él pero más feliz todavía su caballo que volaba sobre los obstáculos viendo volar en el cielo a un francolín, pájaro feliz liberado de la jaula por un pintor feliz de haberlo pintado pluma por pluma, salpicado de rojo y de amarillo, en la miniatura de aquel libro en que el filósofo dice:
También en Raissa, ciudad triste, corre un hilo invisible que enlaza por un instante un ser viviente a otro y se destruye, luego vuelve a tenderse entre puntos en movimiento dibujando nuevas, rápidas figuras de modo que a cada segundo la ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe.