jueves, 29 de agosto de 2013

El tío Cerote


Hoy toca cuento de carácter popular. Romualdo Nogués (1824-1899), natural de Borja, compaginó su profesión militar con la publicación de unas cuantas colecciones de cuentos. Este corresponde a Cuentos para gente menuda.

El tío Cerote era un zapatero remendón, que siempre andaba a la greña con su mujer, vieja, fea, negra y más seca que las llares del hogar. El marido observó que los sábados desaparecía de la cama antes de media noche, y al amanecer, sin saber cómo, la encontraba a su lado. Para averiguar la causa, se tendió en el banco de la cocina, y se hizo el dormido.
A la hora indicada, la mujer se acercó al marido de puntillas, lo creyó en profundo sueño, y se dio por todo el cuerpo con un ungüento, herencia de sus dignas antepasadas, muy duchas en la magia y demás artes diabólicas.
Enseguida bajaron por la chimenea multitud de viejas horribles, se untaron, y a la primera campanada de las doce salieron todas en tropel, caballeras en escobas, las que no cabían por donde entraron, por las grietas de la casa, gritando desaforadamente:
Por encima de rama y hoja, a los campos de Tolosa.
Picado el remendón de la curiosidad, se untó como ellas, y no habiendo entendido bien lo que voceaban tales vestiglos, dijo:
Por entre rama y hoja, a los campos de Tolosa.
Con la velocidad de bala de cañón subió por el de la chimenea, atravesó montes y valles, pasó por zarzas y espinos, y llegó al aquelarre o reunión de brujas, casi desollado.
Comenzaba la danza. Alrededor del demonio en figura de macho cabrío, y a compás de música infernal, bailaban brujas y brujos, cantando:
Lunes y martes y miércoles, tres. Jueves y viernes y sábado, seis.
El sacristán, que en el campanario se preparaba a tocar a misa de alba, oyó la maldita copla, hizo bocina con las manos, y añadió:
Y domingo, siete.
Coge la giba, y vete ―le replicó furioso a coro el aquelarre, al escuchar el nombre del día consagrado a Dios.
En el acto le nació al monaguillo una joroba que envidiaría un dromedario.
Después de tan brillante fiesta, los brujos y brujas fueron uno a uno besando al cabrón debajo de la cola. Cuando le tocó al zapatero, se la levantó, reconoció tan limpio sitio, y en el mismo, con la lezna, le dio un fuerte pinchazo. El diablo se volvió gravemente, y advirtió al remendón:
Tío Cerote, otra vez, aféitese el bigote.

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